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El pibito de mi barrio

  • 27 ene 2018
  • 6 Min. de lectura

Soy el más chico de cinco hermanos, todos varones. Con mi familia vivíamos en una casita muy humilde que construyeron con mucho esfuerzo mi papá, que era albañil, y mi mamá, que siempre fue ama de casa. Toda mi vida he vivido en el mismo barrio, desde que nací hasta ahora que soy un padre de familia.

Como en todo barrio, las calles eran de tierra (aún hoy son así), la mayoría de las casas muy humildes, construidas con los materiales que se podía y por lo general en cada una de ellas vivían familias muy numerosas y de bajos recursos.

Por supuesto que entre los vecinos nos conocíamos todos y los más chicos siempre nos juntábamos a jugar. El fútbol, era lo único que existía para nosotros, vivíamos pateando la pelota continuamente. Claro, es el deporte más popular en el mundo, no había chances de que juguemos a otra cosa. La pelota, bastante gastada por aquel entonces, la teníamos que cuidar entre todos los chicos, era un bien común ya que era la única en todo el barrio y la usábamos para jugar esos vibrantes partidos que se armaban frecuentemente en el potrero que estaba en el baldío frente a mi casa.

La mayoría de las veces éramos alrededor de 25 chicos todos del mismo barrio pero de distintas edades que nos reuníamos en aquel increíble lugar. Increíble no por ser algo muy lujoso, en verdad era una cancha de tierra llena de cascotes y pozos donde poder controlar bien el balón resultaba todo un desafío y caerse era una tortura ya que salías todo lastimado y raspado. Pero sin embargo para nosotros era el mejor estadio del mundo y nada podía sacarnos de ahí, ni el viento, ni la lluvia, ni el calor, ni el frío, excepto el llamado de nuestras madres para ir a cenar, ahí si había que obedecer.

Como es común, a la hora de armar los equipos había dos que siempre querían elegir, el orden de quien arrancaba era determinado por un pan y queso. Habitualmente los dos que elegían eran los más grandes del grupo, que jugaban no por sus cualidades técnicas sino por ser los más “guapos” del barrio, por así decirlo. Los que para solucionar cada asunto que no era de su agrado utilizaban la fuerza bruta.

Los partidos se jugaban con mucha pierna fuerte como se sabe que sucede en casi todos los potreros del mundo, que por cierto, quedan pocos lamentablemente. No existían las faltas ni nada por el estilo, a cada pelota se iba como si fuese la última y los partidos tomaban el clima de final del mundo. Ninguno quería perder, se jugaba por el orgullo y ganar significaba obtener un respeto importante para el contexto que se vivía en un lugar tan humilde.

De más está decir que perder era una deshonra sobre todo por tener que bancarse las cargadas de los rivales que muchas veces terminaban mal, y cuando digo mal me refiero a que muchas veces se armaban batallas campales entre los equipos y terminábamos todos llenos de machucones. Obvio que eran todos pibes de buen corazón pero en el barrio había que aprender a pelear, no quedaba otra sumado a que todos eran adolescentes de sangre caliente y verdaderamente los partidos se calentaban demasiado, un cóctel ideal. Pasaba igual que en cualquier clásico que vemos en la tele pero a diferencia de eso, en estos partidos no había árbitros que pongan los límites.

Por esta razón había que tener valentía y habilidad para sobresalir en estos encuentros. Los más habilidosos eran los que más sufrían la falta de esos benditos hombres de negro que imparten justicia. Más de una vez he tenido que abandonar a mitad de partido por alguna que otra patada, y eso que siempre fui medio tronco. Por eso cuando un chico del potrero salta a jugar en un equipo de primera no se nota tanto la diferencia. Es un lujo jugar en una cancha de ese tipo para un muchacho que sale de un lugar como el potrero.

Dentro de este contexto hostil que se forjaba partido a partido en aquel potrero, había un pibito que sobresalía, no por su contextura física ni nada por el estilo ya que media alrededor de 1,50, sino por su gran habilidad con la pelota. Era el más chico de la banda, creo que tenía 13 años y jugaba con nosotros que teníamos todos entre 15 y 18. Nadie sabía el nombre, todos lo conocían por “el pulguita”, el chico casi que ni hablaba, iba jugaba el partido y se iba sin llamar la atención. No sabíamos dónde vivía ni nada sobre su familia. Pero todos lo querían tener en sus equipos sobre todo cuando se jugaba por plata porque el chico te aseguraba la victoria.

Zurdo, rápido, gambeteador, era un lujo verlo jugar, algo que te llenaba la ojos. No podíamos entender como nunca lo alcanzaban las patadas asesinas de los torpes defensores que intentaban detenerlo sin éxito. Nunca hablaba durante el partido, algo raro en un potrero, pero claro él no lo necesitaba, imponía respeto con el balón a sus pies. Lo vi hacer goles de todo tipo, de zurda, de derecha, de pecho, con la rodilla y hasta de cabeza. Si, el “pulguita” ganaba de cabeza con su metro cincuenta a tipos que rondaban el metro noventa, un monstruo sin dudas.

Recuerdos de jugadas épicas realizadas por “el pulguita” me quedaron grabados a fuego en la memoria. Los pibes de aquella camada tuvimos la suerte de verlo hacer de todo, ni por televisión hemos podido ver un jugador capaz de desparramar tantos rivales por el campo de juego y humillarlos de esa manera. Humillarlos futbolísticamente hablando, porque el muchacho nunca comentaba nada respecto a sus hazañas, ni un chiste, ni una sonrisa sobradora, nada de nada. Él te ganaba el partido y listo, se iba satisfecho a su casa.

Una vez que se movía la pelota parecía que “el pulguita” se desquiciaba. Quedaba ensimismado persiguiendo el balón. En su retina se podía ver reflejado el esférico yendo a su ritmo, pegado a aquella zurda de oro que lo trasladaba dándole pequeñas caricias a la carrera. El muchacho era un desubicado, no le importaba nada, quedaba absorto en sí mismo y jugaba su propio partido, lo único que le preocupaba era mantener el balón en sus pies y esquivar todo lo que se interponía entre él y el arco rival. El tipo te hacía fácil lo difícil, y viéndolo jugar comprendes que el fútbol es muy simple, siempre y cuando tengas a un jugador como él en tu equipo.

Años y años siempre lo mismo, cada vez que se armaba algún partido “el pulguita” aparecía, justo momentos antes de que arrancáramos. Parecía que el tipo lo presentía y sabía que íbamos a jugar. Desde sus 4 años más o menos hasta los 13 tuvo asistencia perfecta, no faltó nunca a un partido así jugáramos por plata o para divertirnos, con lluvia, viento, truenos, granizos, calor, enfermo o lo que sea, “el pulguita” igual estaba firme ahí en el baldío de enfrente de mi casa, listo para dar una clase de buen fútbol.

En sus 13 años en el barrio nunca hablo con nadie, más que un hola y chau. El chico era muy tímido e inmediatamente después de saludar o de jugar un partido agachaba la cabeza y seguía su rumbo caminando rapidito. Como ya conté, nadie sabía ni su nombre ni apellido, ni en cual de todas las casas del barrio vivía, ni quienes eran sus padres, solo lo veíamos un rato durante el partido y nada más.

Me he encontrado con algunos amigos de aquella infancia y me contaron que se comenta que “el pulguita” aparentemente a los 13 años se fue del barrio y del país. Dicen que lo vieron pasar en un auto de alta gama con un hombre que andaba muy bien vestido y que ya lo había visto jugar en el potrero. Nunca más alguien supo sobre él, le perdimos el rastro por completo, aparte imagino que debe estar muy cambiado en su aspecto físico con respecto a cuando tenía 13 años.

Algunos se animan a decir que seguramente este derrochando magia en las grandes ligas de Europa. Otros mucho más exagerados, divagan diciendo que el chico era de otro planeta, y que se cansó del nuestro y se volvió para el de él. Yo me juego más por la primer teoría y posiblemente el chico está entre las estrellas o más bien, hoy en día es una estrella. De lo que no tengo ninguna duda es que el pibito de mi barrio fue, es y será por siempre, un distinto.


 
 
 

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